·
De la amistad
Tenía unos sacos. A primera vista parecían muchos, pero eran pocos considerando su cometido. Cada vez que conocía a alguien lo metía en uno. Normalmente sucedía en algún momento de los diez primeros segundos de conversación, si bien a veces todo se precipitaba antes de mediar palabra. Era algo automático, ajeno a su voluntad; no negaba, sin embargo, que la ejecución era limpia y precisa, fluido acontecer depurado en años. Una vez dentro, iba cerrando el saco; podían transcurrir minutos o días hasta que quedaba perfectamente sellado. Podía haber alboroto o suave progresión, estertores, carcajadas, maniobras de evasión; sombras trasegadas para la ocasión. El aire escaseaba y en determinado momento todos los habitantes de sus sacos morían. Al menos para él.