·
El zahorí
Alcancé Urueña sobre las ocho de la tarde, las calles desiertas y un sol antiguo decayendo sobre la planicie vallisoletana como un augurio. Aparqué el coche en el borde oeste del municipio, donde la muralla se cierra en codo y la vista solo percibe lontananza, y desdoblé el mapa reseco un tanto incrédulo, avergonzado por lo infantil de pretender que aquella minúscula cruz central realmente marcase lo que se suponía que debía marcar. Con la polvareda recién levantada aún tupiendo el aire, inicié el suave descenso a pie. Hallé consuelo en decirme que, después de todo, no haría falta confesar la ocurrencia a nadie.
Tras algunas decenas de pasos, dejé el camino rural a mi derecha y me aventuré perpendicular en dirección sur, justo en el punto en el que más se inclinaba la ladera y menos amables eran la maleza y el áspero viento. Al poco llegué a una zona tímidamente arbolada. Resolví acomodarme sobre un saliente de roca descubierta y, con el mapa aún en la mano, consulté la hora en el teléfono. Ocho y veintiséis. No faltaba mucho.
Tuve tiempo de apreciar el zumbido de la cigarra castellana, la verdadera cigarra, vibrante banda sonora en re bemol del espacio árido que se resiste a recibir nombre. Mi abuelo, cartógrafo aficionado, probablemente hubiese sabido si aquella escena significaba algo; quizá era mero espejismo tributario de una espera fútil. Consulté el plano por vez última y releí la leyenda manuscrita por enésima, solo para corroborar que me la sabía de memoria.
—
Verás Venus interpuesta al ocaso;
sabrás del firmamento que es angular;
y en la linde del bosque abrazado a septiembre
el ciervo vendrá a saludar.
De no haber recibido aquél misterio como legado póstumo, hubiese linchado a mi abuelo a preguntas. Yo era un crío de ciudad cuando él, en las noches de verano, tendidos a cielo abierto en la acera trasera de la casa del pueblo, me señalaba Lyra y Orión con su índice doblegado por la artrosis. Por aquél entonces creí entender la bóveda estrellada como lo hicieron los griegos, recorriéndola con los ojos libres de prejuicio y la mente trascendiendo los milenios, cubriendo la distancia entre constelaciones con apenas extender los dedos; tal era la fertilidad de mi imaginación. Luego él murió y yo crecí demasiado. Solo frente al páramo latente, rodeado de un coro de cigarras que ya amagaba con cesar, lamenté la punzante desazón de haber conducido durante horas hasta allí. Perseguía un sueño pueril siendo un hombre incapaz de discernir un planeta de un avión. Sentí entonces un calor próximo que ya no podía provenir del sol, casi oculto. Giré la cabeza hacia un lado y topé, a un palmo escaso, con un hocico húmedo y gris. Un cervatillo me miraba sin inmutarse.
Nunca congenié demasiado con los mamíferos cuadrúpedos, ni siquiera con los más dóciles, pero me dispuse a acariciar la inocencia de aquella efigie animal cuando el suelo tembló. El aire se detuvo, los insectos callaron; en la noche instalada de súbito, volví a mirar al este y constaté perplejo que más abajo, en el tramo convexo en el que talud y llanura se fusionaban, las arenas cedían y un pedazo de muralla emergía desde el suelo fracturado. Me incorporé y corrí torpemente, sin despedirme de mi compañía, dudando de si la había visto o soñado. A pesar de la tierra agitada, no tardé en arribar a las ruinas que, para cuando las tuve delante, ya constituían una torre no muy alta y hexagonal, alzada en sillería pareja a la que circunda toda Urueña, aunque intercalada con hiladas de ladrillo que vagamente la dotaban de un aire bizantino. El portón de acceso era de cobre y mantenía su brillo rojizo, alumbrado desde arriba con tenues velas de cera. Miré en derredor. Olí la tiniebla espesa; suspiré, y figuré que la profecía quería cumplirse utilizándome como visitante oportuno. Apoyé el antebrazo sobre un batiente y la puerta me consintió sin apenas empujar.
— • Ж • —
Crucé el umbral mientras las campanillas que pendían del techo del vestíbulo anunciaban mi entrada. Aquello era inmenso. De frente, largos corredores de anaqueles vacíos se derramaban en un intervalo que poco concordaba con lo que cabía esperar de un edificio que, desde fuera, intuí más bien modesto. El lugar combinaba el aspecto acogedor de un bazar de antigüedades y la magnitud de una nave inextricable que en alguna época sirvió para el asedio interestelar. La emisión del hilo musical se me hizo lo único sensato y familiar.
—¿Puedo ayudarle en algo?
Una voz pausada interceptó mi asombro desde un lateral. Podría pertenecer a una muchacha, o a varias, pero una anciana con el pelo cano recogido en una abultada turbulencia me inquiría desde detrás del mostrador. Aún desconcertado, oculté el mapa en un bolsillo trasero del pantalón y me aproximé a ella lo suficiente para distinguir el monóculo dorado sobre el ojo derecho. En la estrecha mesa había un tablero de ajedrez con una partida a medio jugar. Movió una torre negra de un extremo a otro del cuadrado y, quitándose el anteojo, volvió a mirarme serena, las manos llenas de anillos, la sonrisa inmarcesible grabada en los labios. Un par de zancadas más me ubicaron ante la mujer.
—Qué alegría verte entrar. No sabía si esas viejas campanillas tintinearían aún —dijo mientras frotaba el cristal del monóculo con el jersey.
—La verdad, no esperaba que esto fuese tan grande —repuse con una obvia zozobra impresa en la voz—. Busco un libro.
—Ah, ¡un buscador! Más contenta me pongo aún. Añoro los tiempos en los que la tienda se me llenaba de hombres y criaturas rastreando todo tipo de enseres. ¿Qué enciclopedia me recomienda, señorita Venus? ¿Qué sagas tiene, que aún no se hayan escrito? Entonces conocía los estantes mejor que ahora, y hasta podía alcanzar las antologías más elevadas subida a la escalera. —Volvió a ajustarse el monóculo, con el resorte engarzado en la nariz y la cadena extendida hacia una oreja—. Me temo que hoy tendrá que ingeniárselas usted mismo. ¿Qué libro desea?
Era ella la Venus que citaba la leyenda del mapa, menuda y, aún así, interpuesta al ocaso. Emanaba algo que la hacía indisoluble del lugar, pareja a un centinela que, cuando nadie miraba, no era sino una columna más. Supuse que iba a comerse la reina blanca con la torre, pero respondí antes.
—Qué hermoso y atípico nombre, no es muy frecuente donde yo vivo.
—Todo lo que tengo o tuve es hermoso y atípico, de lo contrario no estaría usted aquí —confabuló. Me miraba sin parpadear y yo, con el vello erizado, incluido el de las cejas, sentía que todo mi viaje era un preámbulo que ella ya había vaticinado—. Dígame el título y consultaré el archivo.
—Oh, el título, claro. Lo desconozco; quizá no tenga uno. Sé que la mayoría de su texto es un laberinto ilegible, a excepción de una sobria frase; poco más. Ya sabe cómo somos los coleccionistas —propuse, afanado en mantenerme cortés.
—Más que un libro, diríase entonces que persigue usted un tesoro. Y no hay tesoro que no guarde una condición simétrica a su descubrimiento. Considérese libre de recorrer la biblioteca, aunque le aconsejo que lo intente primero por el pasillo del fondo; es seguro que acabaría en él, de todos modos.
Zafándose de mi pronóstico, desplazó el alfil hasta apuntar al rey en diagonal, erguido y amenazante; en un cálculo rápido deduje que la partida estaba sentenciada. Una voz ominosa pronunció «enter» y pronto reconocí en el hilo la melodía que abre Tubular World, de Mike Oldfield, desarmando todos los filtros de mi atención. Agradecí la recomendación con un ademán de la cabeza, a buen seguro insuficiente, y me encaminé en dirección a la galería del extremo opuesto.
— • Ж • —
Desde su embocadura no había límite divisable. Si acaso una bruma negra, un vórtice espectral, el fondo de un cajón que abarcaba la Vía Láctea. Diminutos apliques de luz, austeramente salpicados en los bordes de estantes sin cifra ni número, hacían del ancho pasadizo un túnel de metro despojado de vías, enorme tubería subterránea que conectaría los enigmas de algún imperio pretérito. Lejos, en lo alto, el resplandor de la luna mermada se colaba por los huecos de la arcada intermitente. Peregriné durante largo, durante muy ancho y muy largo, incompetente en concebir con herramientas racionales la estructura del desproporcionado pabellón, vasto y frío, tanto más cuanto mayor era la distancia cubierta. La linterna del celular proporcionaba un destello que la penumbra cancelaba sin esfuerzo. Cada cierto tramo, en apariencia proporcional, el pasillo menguaba y enlazaba con el bloque siguiente a través de un puente cóncavo de rendijas metálicas desde el que mirar hacia abajo no se distinguía de mirar hacia arriba y lo hacía a uno perder definitivamente todo signo de orientación. Desde los puentes también se veían los corredores adyacentes, igual de sórdidos, igual de despoblados, como un teseracto vectorial calcado hasta el infinito. Me salvaba el hilo musical, aún audible, confiriendo consistencia al trayecto.
En algún momento, quizá a varios kilómetros de la entrada, me propuse consultar el mapa, pero no me esperaba en el bolsillo; a saber dónde lo perdí, o si me perdió él a mí. Total, tampoco me iba a descifrar demasiado. No pude rehuir la perturbadora impresión de discurrir por un cosmos repetido, reflejado en cada puente, vacante de objetos o libros de lomo diverso que, desdibujando la monotonía, contribuyesen a dotar de algún sentido al camino. Todo lo improbable se había conjurado para someter a la naturaleza y hacer que la cruz del plano cobrase significado; sin embargo, allí dentro, envuelto en sombra y ausencia, confinado por las leyes de una recta secuencial, asumí que la tarea me quedaba grande y sencillamente moriría sin encontrar nada.
Cerca del próximo puente, ignorando si iba o volvía, descansé sobre una ménsula baja que sostenía una de tantas escaleras. Había algo de albero sobre el suelo pulido, de procedencia difícil de diagnosticar. Sin cobertura y casi sin batería, derrotado por la mazmorra abstracta, acaricié la preferencia de haberme visto engañado por una cartografía equivocada; de despedir el sol como un día cualquiera, encaramar la pendiente a la inversa y, sumido en la decepción, retornar a casa de brazos cruzados pero con la garantía de seguir viviendo, aunque lo hiciese en un mundo carente de misterios arcanos. Concluí que la escala de lo mágico no responde al requerimiento humano. Una vez interpolado en la realidad, nadie decide sobre el calibre de un hechizo, ni ostenta poder suficiente para evitar que éste lo engulla. Tirité cabizbajo, lloré sin lágrima y creo que quedé dormido.
Volví en mí al notar una calidez viscosa en el dorso de la mano. El cervatillo la lamía como apaciguando una herida. Turbado e inmóvil, averigüé en su mirada los ojos de mi abuelo, el viejo astrónomo, el transmutador de coordenadas. Intercambiamos un cariño ignoto y fugaz, dilatado durante lo que el animal tardó en dar un brinco hasta disiparse en la negrura. La gravilla dispersa había prosperado y se alzaba ya formando una duna; caía desde las alturas emulando el riego implacable de un reloj de arena. Al otro lado de su hilo granulado, en el estante frontal, atisbé un libro abultado y gris.
Forzado a espabilar, traspasé el denso campo de partículas, me deslicé al otro lado y agarré la reliquia. La tapa incólume exhibía la representación de alguna geometría sagrada, unas discretas mayúsculas en sus cuatro vértices sumando OTTP. No sin coraje me abstuve de abrirlo allí para mayor escrutinio porque el instante así lo requería; lo apreté bajo la axila, regresé al pie de la escalinata y decidí trepar por ella, tosiendo y con la vista herida, conjeturando que así lo hacía Venus a otrora y que, si la arena podía entrar, quizá yo pudiese salir.
El ascenso no discrepó del periplo previo. Las gradas vacías se sucedían idénticas; subí o bajé, y subieron o bajaron los peldaños mismos, ubicados allí donde yo apuntaba con el zapato. No hubiese habido escalón alguno si yo no hubiese tenido pies. En un rato previo o posterior, puede que en algún vértice de un ahora esquivo aunque estacionario, me hallé gesticulando sobre tierra firme bajo el cielo incalculable y solipsista, indistinguible de un mimo que emula reptar por una escalera ficticia. El polvo que escupí fue la señal exigua de haber vencido a un médano voraz del que no quedaba más testigo que la noche.
Estaba fuera, próximo a la puerta de cobre que jamás empujé, allí donde nada parecía haber ocurrido nunca. En lo alto, no demasiado lejos, Urueña brillaba taciturna. El brazo izquierdo me pesaba, pero no se debía al cansancio: el prominente volumen, sustraído al inframundo, había sobrevivido conmigo. Me senté en el suelo y, a pesar de la luna escasa, le soplé la arenisca y separé la portada del resto de páginas, sin que la fatiga mitigase una solemne excitación. El laberinto de texto incongruente no tardó en aparecer, con sus cuarenta renglones y sus aproximadas ochenta letras por línea; no había en ellas nada que leer y, aún así, me dejé entretener por su azarosa extravagancia. Al cabo di con la página penúltima. Contuve el aliento, aunque la travesía proverbial me hacía confiar plenamente en que el compendio no podía ser una falsa réplica. Entonces, en torno a la mitad de renglón vigésimo segundo, clavado en la meseta sigilosa y partiendo algún meridiano, leí despacio y en voz alta: oh tiempo tus piramides.
Hice una pausa para que Castilla digiriese su nueva índole.
Llevaba siglos perteneciendo al Cid y al Quijote. A Machado, a Azorín, a Santa Teresa. A los comuneros; a Delibes. Se sabía una tierra indistinguible de su categoría trascendente, si bien mi ignorancia sin duda se dejaba infinidad de personalidades por el camino. Sentí, sin embargo, que también añadía algunas nuevas. La del Shakespeare sublime; la del Borges eterno; y, como un sortilegio inesperado, la del zahorí sideral que fue mi abuelo.
